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El sueño de vivir en el Sur fue difícil, pero salió bien



Un padre aventurero que quería empezar de nuevo. Una madre que dudaba entre el cambio y el temor a seguir en el Gran Buenos Aires luego de un asalto. El hijo mayor, que narra esta historia, recuerda las peripecias y su
entusiasmo con las mujeres que recorrían la nueva ciudad.
Por Emilio Di Tata Roitberg.

Hace casi treinta años, nos vinimos con mi familia a vivir a la Patagonia. Dejamos una linda casa y un negocio en el Gran Buenos Aires, a nuestros parientes y amigos y nos lanzamos a la aventura. 
Hicimos el viaje en dos viejas camionetas F-100, con todos nuestros bártulos a cuestas: mi papá, mi mamá, mis dos hermanos más chicos y dos albañiles. Tardamos tres días en hacer el trayecto, entre González Catán y Bariloche. Había que parar cada tanto, porque el motor de la camioneta más vieja se recalentaba. La más nueva llevaba un trailer con una hormigonera, palas y baldes de construcción. Acá nos esperaba un terreno pelado, en la puerta de entrada a la meseta patagónica, aunque mi papá confiaba en levantar una casa antes de que llegara el invierno. 

Yo tenía 16 años, en ese momento, mis hermanos 8 y 9. Lo habíamos tomado como unas vacaciones, supongo. Mi mamá, en cambio, estaba preocupada. Le daba miedo dejar a su familia y a sus vecinos de toda la vida, largar una panadería con clientes y una buena entrada para ir a un lugar donde no conocíamos a nadie, a vivir quién sabe de qué. ¿Con qué necesidad? Durante años mi papá había tratado de convencerla de dar el gran paso. Era un sueño que él tenía, aún desde antes de conocerla: irse a vivir al Sur. 
Mi papá, Bubi, tenía espíritu aventurero. Siempre estaba encarando algún negocio nuevo, sólo porque se aburría de hacer siempre lo mismo. Había sido metalúrgico, mecánico de autos, constructor; tuvo un puesto de diarios, una panadería, un local de flippers, una panadería otra vez ... Bubi ponía en marcha cada negocio de cero y luego, si todo iba bien, vendía el fondo de comercio y arrancaba de nuevo. 
Algunos negocios le salían mejor que otros. A la primera panadería la perdió casi íntegra en el Rodrigazo, el estallido inflacionario del 74, y su aventura como empresario de pompas fúnebres duró sólo unos meses, porque no se animaba a cobrarle a los parientes del difunto (después del funeral de una nena del barrio se puso tan mal que bajó la persiana: vendió los cajones y el fairline negro a precio de costo). 
Mi mamá, Gloria, lo seguía en todas sus aventuras. Atendía el mostrador o el teléfono en cada emprendimiento, y aceptaba con paciencia los cambios de domicilio, siempre y cuando no nos mudáramos muy lejos: Laferrere, Casanova, San Justo, como mucho Ramos Mejía. ¿Cómo fue que se animó a un cambio tan drástico? Fue en la tercera o cuarta panadería que tuvimos, en González Catán, una vez que la asaltaron y secuestraron mientras hacía el reparto.


Hoy, frente a esa casa en la que aún viven sus padres y que le genera tantos recuerdos.

Dos tipos se subieron a la camioneta y la usaron de chófer mientras asaltaban varios negocios: uno bajaba a robar y el otro se quedaba apuntándole con el revólver. También a ella le llevaron la recaudación, aunque no la agredieron, más allá de algunas amenazas. Gloria se mantuvo tranquila durante toda la secuencia, pero al volver estaba tan asustada que no se atrevía ni a salir a la calle. 
Ahí empezó a pensar que tal vez no fuera tan mala idea irse a vivir a un pueblo chiquito del interior. ¿Qué mejor que Bariloche, un lugar tan lindo, como mostraban siempre por la tele? Lagos, montañas, chocolate artesanal, perros San Bernardo correteando con el barrilito colgado del cogote … 
Mi papá aprovechó la oportunidad. Se tomó un avión un lunes a la mañana (nunca había volado) y al volver el viernes dijo que ya había dado la seña por un terreno. Una esquina en la parte alta de la ciudad, contó. Un barrio nuevo, donde estaba todo por hacer. 
A mí también me entusiasmaba la idea de un cambio. No era un adolescente con muchos amigos que digamos. Detestaba mi escuela (un Industrial en La Tablada donde ya en esa época había problema de drogas y violencia). Además, me moría de ganas de conocer la nieve. No como turista, yo quería vivir ahí. 
Bubi puso en venta la panadería y la casa, y pronto aparecieron compradores. Pasamos el verano haciendo los preparativos para el viaje. Había que firmar papeles, dar de baja servicios. Por una razón u otra, la salida se postergaba. Para ese entonces a mi mamá ya se le había pasado el susto y empezaba a pensar que esto de irnos al Sur era una locura. 
Hicimos el viaje, de todos modos. Pasamos del calor agobiante de Buenos Aires a un clima cada vez más fresco. Llegamos un sábado, a fines de febrero. ¿Y? ¿Qué les parece?, preguntó Bubi. Los temores de mi mamá parecieron confirmarse. El barrio El Alto no se parecía a las postales que habíamos visto de Bariloche. Había una linda vista al lago y las montañas, es verdad, pero el barrio en sí era bastante rasca. De un lado ranchos de madera y calles sin asfaltar, del otro un páramo de arbustos pinchudos. 
No se veían esquiadores, ni chocolaterías, ni San Bernardos con barril. Gloria se quería morir. Bubi insistía en que el lugar era excelente. Estaba en la calle principal, decía, en la entrada de varios complejos de viviendas del gobierno, no terminados todavía, pero que pronto se iban a convertir en un hervidero de gente. Un lugar ideal para poner un par de locales y vender lo que sea. Mamá quería pegar la vuelta y volverse ahí mismo. Mis hermanos correteaban por los alrededores, con unos perros que aparecieron a darnos la bienvenida. Los albañiles fumaban, esperando el veredicto. 
Mientras discutían, yo me di un baño en una palangana, me puse mi mejor pilcha y me fui a dar una vuelta al centro, que estaba a unas veinte cuadras, montaña abajo. Me pareció un lugar chico pero animado, con construcciones alpinas y turistas hablando en todos los idiomas, mochileros, estudiantes en viaje de fin de curso. Caminando por la calle Mitre, sentí que alguien gritaba. Miré. En un hotel de egresados, una chica de más o menos mi edad se asomaba por la ventana, desnuda de la cintura para arriba. “¡Llegamos a Bariloche!”, gritaba emocionada. Debe haber sido el primer par de tetas que vi en mi vida, fuera de la revista Destape. “Guau”, pensé, “este lugar está buenísimo. Me quedo a vivir acá.” 


Nuevo hogar. El autor (remera azul) con sus dos hermanos (izq.) y sus padres, tiempo después de terminar la casa.

Los primeros tiempos, sin embargo, fueron muy duros. Pese a ser teóricamente verano, hacía un frío y un viento a los que no estábamos acostumbrados. Por unos días dormimos en las cajas de la camioneta, mientras cavábamos las zanjas para los cimientos. No fue nada fácil. A diferencia de la tierra negra y blanda de Buenos Aires, aquí el suelo era una mezcla de arena y ripio bien compacta, en la que cada palada costaba un triunfo. Pronto descubrimos, además, que nuestro barrio estaba construido sobre lo que había sido el primer basural de Bariloche. Pasando los treinta centímetros la pala se topaba con gomas viejas, botellas de Bidú Cola, pedazos de inodoro o fierros oxidados. 
Trabajábamos todos los días, con mi papá y los dos albañiles, el viejo Adolfo y Juancito. Juancito era un ayudante todo terreno que tenía mi papá: petiso, ocurrente, sin mucha idea de nada pero muy voluntarioso. Por las tardes, después del horario de trabajo, se preparaba una mezcla de vino El Arriero y alcohol fino que lo ponía más alegre todavía (aunque a veces se le iba la mano y terminaba viendo bichos y gritando como loco). 
Don Adolfo también empinaba el codo, aunque de forma más discreta. Era un misionero muy serio, de grandes bigotes, hijo de lituanos o polacos, capaz de levantar paredes y doblar estribos a toda velocidad. Era el as en la manga de mi papá para construir rápido un par de piezas antes de que llegara el invierno. Sin embargo, Don Adolfo fue el primero que abandonó. Su origen litoraleño pesó más que su sangre nórdica, y a sólo dos semanas de estar ahí dijo que no aguantaba el frío y se volvió a Buenos Aires. Algo de razón tenía. Como Napoleón, habíamos subestimado el efecto del invierno, que ese año arrancó más temprano de lo esperado. 
La construcción avanzaba despacio, ya que por ser zona de terremotos había que hacer encadenados con estructura antisísmica. Cuando al fin logramos llenar las primeras vigas, cayó tal helada que quemó el hormigón: hubo que tirarlas y hacerlas de nuevo, esta vez con anticongelante. 
“¿Esto le parece frío, compadre?”, le decían a mi papá los vecinos, casi todos chilenos, que hablaban con el acento alegre y la voz finita de Patricio Contreras en la novela Buscavidas. Como la construcción de la casa se demoraba, armamos dos casillas de madera, una para nosotros y otra para Juancito. Eran precarias, aunque fáciles de calentar. Compramos un par de salamandras, porque en el barrio aún no pasaba la red de gas natural. 
Tanto que quería conocer la nieve, al fin la conocí, y en cantidad. Eran tiempos anteriores al calentamiento global. Para mayo ya caminábamos con nieve a la altura de las rodillas. Al menos en El Alto, donde nieva mucho más que en el centro de la ciudad. Ese año aprendí a usar el hacha. A desgajar la leña en astillas, de modo que entraran en la hornalla, a hacer y mantener el fuego. Vimos la final del Mundial 86 en nuestra casucha de madera, gritamos los goles en medio de una nevada inolvidable.
Todo cambio, aun cuando es para bien, tiene su lado traumático. Para mí, al principio, fue un bajón cambiar la Gran Urbe por un pueblo chico, donde se veían todos los días las mismas caripelas; pasar de todos los cines de la calle Lavalle a un solo cine, de todos los canales y radios de Buenos Aires a un solo canal y una sola radio (¡Radio Nacional!). 
Uno de los problemas para insertarme era la actitud de los nycs, los nacidos y criados en Bariloche, que consideraban intrusos a los recién llegados, unos paracaidistas que venían a perturbar la paz de su pueblito de montaña. Más una vez escuché decir frases como: “Qué sabrás vos, porteño…”. Era inútil aclarar que, para los porteños, los del Gran Buenos Aires éramos y somos provincianos. La mortadela del sándwich. 
No todo era un bajón. Mi nueva escuela era mucho más linda, y mis compañeros, civilizados. Pasé de un Industrial deplorable, donde no veía una mina ni en foto, a una escuela con chicas, una más linda que la otra. Y en la clase de Literatura tuve una profesora que me alentó a escribir mis primeros relatos, y me hizo pensar que la idea de ser escritor no era tan descabellada. 
Fue una época memorable. Por un lado la emoción de empezar de nuevo, por otro el desarraigo, que a mi mamá le costó más superar. Lo hizo porque vio que nosotros éramos más felices aquí. 
Hoy me siento un sureño más. Nunca seré un nyc, pero estoy del todo aclimatado. Tanto que hoy me siento un turista cuando voy a Buenos Aires. Me resulta insufrible el calor del verano, el tráfico, la “sensación de inseguridad”. Y algún acento sureño debo tener, ya que más de uno me dice, cuando me escucha: “Vos no sos de acá, ¿no?”

Emilio Di Tata Roitberg
Escritor, nació en Buenos Aires, se crió en el conurbano y desde su adolescencia vive en la Patagonia donde retrata realidades alejadas de las postales turísticas. Alternó su actividad literaria con los más diversos oficios: panadero, albañil, empleado de comercio, camionero. Es autor de la serie de novelas policiales “El Oso”, del libro de cuentos “Mosquita Muerta” y del thriller “González Catán” cuya publicación fue sugerida por los miembros del Jurado del Premio Clarín Novela 2014. Aficionado al café con amaretti y a dar largas caminatas, lleva siempre encima su birome y su libreta, en la que anota diálogos que le cuentan o “pesca” al azar.

Fuente: Clarin
Emilio Di Tata Roitberg


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