En el Instituto Gustavo M. Zuviría implementaron un método simple: los estudiantes dejan sus teléfonos en un organizador al comenzar cada clase. La medida, acordada entre docentes y familias, busca reducir distracciones y fortalecer la convivencia escolar.

En una escuela secundaria de Río Colorado, una rutina de pocos segundos empezó a marcar la dinámica diaria en las aulas. Al ingresar a clase, los estudiantes colocan sus celulares en un organizador con compartimentos que permanece sobre el escritorio del docente hasta que termina la hora. La iniciativa se puso en marcha este año con el objetivo de mejorar la atención durante las actividades escolares.

El sistema fue impulsado por el Instituto Gustavo M. Zuviría luego de un proceso de diagnóstico institucional realizado durante el ciclo lectivo anterior. A través de encuestas y reuniones con familias y docentes, la comunidad educativa detectó que el uso constante del celular en clase generaba distracciones y dificultaba la concentración de los alumnos.

La modalidad es sencilla: cada estudiante deposita su dispositivo en un contenedor al entrar al aula y lo retira al finalizar la clase. Según el equipo directivo, la implementación permitió generar un clima más ordenado en el aula y favorecer la participación en las actividades pedagógicas.

Desde la institución remarcan que no se trata de una prohibición total. Los celulares pueden utilizarse cuando forman parte de propuestas educativas específicas, como búsquedas de información o trabajos digitales. La intención, explican, es promover un uso más consciente de la tecnología dentro del ámbito escolar.

La experiencia se suma a un debate cada vez más extendido en el sistema educativo sobre el impacto de los dispositivos móviles en el aprendizaje. En distintas provincias argentinas se analizan alternativas para regular su uso en clase, mientras algunas escuelas comienzan a experimentar con mecanismos propios que permitan equilibrar la tecnología con la atención en el aula.